Geraldine iba a trabajar en una película, en alguna aldea metida en las montañas de Turquía.
La primera tarde, salió a caminar. No había nadie, casi nadie, en las calles. Pocos hombres, mujer ninguna. Pero a la vuelta de una esquina, se topó, de sopetón, con un enjambre de muchachos.
Geraldine miró a los costados, miró hacia atrás: estaba cercada, no tenía escapatoria. La garganta se negó a gritar. Sin palabras, ofreció lo que tenía: el reloj, el dinero.
Los muchachos rieron. No, no era eso. Y hablando algo más o menos parecido al inglés, le preguntaron si ella era la hija de Chaplin. Geraldine, atónita, asintió. Y recién entonces advirtió que los muchachos se habían pintado bigotitos negros, y que cada uno tenía una rama a modo de bastón.
Y la función empezó. Y todos fueron él.
Eduardo Galeano, “El Cine”, en Las bocas del tiempo.
Todo comenzó con una imagen. Una imagen iniciática que modificó mi facultad de ver y de sentir. En el cine proyectaban el mediometraje francés El globo rojo (Le Ballon rouge, 1956), de Albert Lamorisse. Mi padre, pintor y cinéfilo, quiso transmitirme su pasión por el arte y me llevó a ver la película. Tenía seis años y hasta ese momento sólo había visto cuadros, dibujos animados y diapositivas.
Fuimos a una sala de la peatonal Lavalle, una zona de Buenos Aires conocida como “la calle de los cines”, donde él era un asiduo espectador. Dejamos la realidad afuera y entramos. Recuerdo la amplitud de la sala, el sonido del vaivén de las butacas al sentarme, el aroma a confites de colores en la mano y el sabor de un medallón de menta y chocolate deshaciéndose en mi boca. Me sentía muy pequeña frente a esa gran pantalla que ofrecía un espectáculo para los sentidos. Los objetos comenzaron a oscurecerse junto a nosotros. La penumbra aumentó la sorpresa de lo inminente, luego la música animó la aparición de una imagen tímida que colmó el cuadro con su luz y se quedó en mi mirada. No sé quién habrá mirado a quién primero, si yo al cine o el cine a mí; lo cierto es que El globo rojo fue tan revelador para mí, como el Cinema Paradiso lo fue para Salvatore, aquel niño que descubrió el cine en un pueblo de Sicilia, de donde también eran mis abuelos paternos.
Aquella tarde, esa experiencia “dio luz al instante…”, como diría Spinetta, “y nunca te arrepentirás”. En la película, la imagen de un pequeño recorriendo con su globo las calles era también mi imagen de niña disfrutando de un regalo, de algo nuevo que estrenaba ante mis ojos. Ese universo diegético fue un bautismo audiovisual, y lo adopté con la misma fidelidad que le tenía mi papá, Hugo Barbaro, a quien siempre agradeceré ese legado.
Las imágenes posteriores a aquel “primer encuentro” fueron poblándome. Algunas las sigo conservando y muchas otras, las descarté. Pero siempre queda esa primera imagen, cargada de significantes, con sus sonidos y sabores, tan intacta como vívida. Una huella imborrable que insiste en no desaparecer, en sobrevivir a los años, a la memoria. Su recuerdo, como aquellos aldeanos imitando a Chaplin, es un homenaje al cine.
La poesía del gesto se consigue en:

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